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CHARLES DICKENS

 

    Con frecuencia oimos decir de esta o de aquella proposición que si bien resulta Buena en teoría, no sirve en la práctica. Es en esta afirmación donde encontramos la base de todas las mofas para el arte de la crítica, qe tan graciosamente cultiva el labio superior de una tribu que no alcanza al nivel de ese arte. Queremos referirnos a los pequeños genios - a los ingenios literarios-, animálculos que únicamente juzgan el mérito por los resultados y que se enorgullece de la solidez, tangibilidad e infalibilidad del sistema que emplean. Nos auguran que la manera más exacta e estimar una obra consiste en considerar el número de sus lectores y los ejemplares vendidos. Ésta es una realidad, en su opinion, que prueva todo lo que debe decirse sobre su mérito. En presencia de taes criaturas uno estaría dispuesto a apoyar el dictum de Anaxágoras, según el cual la nueve es negra, o a disputar, por ejemlo, la profundidad de aquel genio que a lo largo de quinientas noches se ha hecho famoso con su London Assurance. “¿Qué significan los preceptos críticos para nosotros o para cualquiera? -gritan ellos-. Aunque se observen todas las reglas críticas de la creación, no se puede escribir  un buen libro”; afirmación que de todos modos no nos detendremos a negar. “Dadno requiere posterior elucidación. No será excelente si necesita ser demostrada como tal. Señalar con demasiada minuciosidad las bellezas de una obra no es sino admitir tácitamente que esas bellezas no son del todo admirables. Admitiendo, pues, que la excelencia es aquello capaz de manifestarse por sí mismo, solo queda a la labor de la crítica indicar cuándo, dónde y cómo dejan de ponerse de manifiesta; dicha objeción únicamente se referirá a las faltas de la obra, cuando lo que ésta posee no aparezca, al menos bajo la luz más adecuanda. En una palabra: debemos adoptar, a pesar de una gran parte de piadosa gazmoñería sobre este problema, que al señalar con franqueza los errores de una obra estamos haciendo todo lo que es absolutamente necesario, desde un punto de vista crítico, para poner de manifiesto sus méritos. Enseñar lo que es la perfección y cómo es en realidad sera un camino más recional a seguir que el de limitarse a especificar lo que no es.

 

    El argumento de Barnaby Rudge es como sigue: Hace cosa de un siglo Geoffrey Haredale y John Chester eran compañeros de escuela en Inglaterra -el primero era víctima propiciatoria y esclavo del Segundo-. Al dejar la escuela los muchachos siguen amigos, conservando su Antigua relación. Haredale se enamora y Chester le quita la muchacha. El primero abriga el más profundo odio; el otro, simplemente le desprecia y le envita. Ambos alcanzan la edad madura por caminos completamente distintos. Haredale, que no ha olvidado su antiguo amor no tampoco su antiguo odio, vive soltero y en la pobreza. Chester, entre otros crímenes, es acusado de seducir y abandonar de forma inhumana a una joven gitana, quien desamparada da a luz un hijo, hasta caer en malos caminos y morir ahorcada en Tyburn. El niño es recogido y cuidado en una posada llamada The Maypole, en los alrededores del bosque de Epping y casi a doce millas de Londres.

 

    John Willet, un hombrecillo de cabeza obtusa  y abultada, lleva la posada con la ayuda de su hijo Joe, y emplea a si prot´wgé, bajo el simple nombre de Hugh, como mozo de cuadras. Entre tanto, el padre muere poco después, no sin antes dar a luz a un hijo, Edward. El padre (arquetipo del egoísta mundane cuyo modelo es Chesterfield) educa a su hijo a distancia, viéndolo raramente, y con el propósito de no llamarlo a la residencia de Londres en tanto no haya cumplido la edad de veinticuatro o veinticinco años. Míster Chester ha derrochado el dinero que le dejara su esposa y ha estado viviendo durante dieciocho años a costa de su ingenio y de una escasa anualidad. Llama al hijo con la intención de casarlo con una heredera -confiado en los méritos peronales del joven y en su supuesta forutna-, para poder continuar su vida disoluta enla vejez. Edward lo ignora todo (tanto lo referente a su propósito como a su pobreza) hasta después de unos tres o cuatro años de vivir junto a su padre, cuando éste, al descubrir que se ha enamorado de alguien que tuerce sus planes, acaba por revelarle el verdadero estado de sus negocios, así como sus proyectos respecto a la boda.

 

    Ahora bien: míster Chester considera inadecuada la muchacha que su hijo ha elegido por dos rezones: la primera, porque la joven en cuestión es huérfana de su Viejo enemigo Haredale; y la segunda, porque aunque la situación de Haredae ha mejorado de manera inesperada durante los últimos veintidós años, su riqueza resulta todavía insuficiente para los planes de míster Chester.

 

    Diremos que unos veintidós años antes de la época en cuestión se ha producido un cambio implevisto en la fortuna de Haredale. Este caballero tiene un hermano mayr llamado Reuben, quien desde hace mucho tiempo está en posesión de la heredad de los Haredales y reside en una mansion llamada  The Warren, no lejos de la posada de The Maypole, que pertenece al dominio. Reuben es viudo y vive con su única hija, Emma. Además de ésta, habitan la casa un jardinero, un mayordomo llamado  Rudge y dos criadas, una de las cuales es la esposa de Rudger. La noche del diecinueve de marzo de 1733, Rudge asesina a su amo para apoderarse de una importante suma de dinero que según se sabe tiene en su poder. Durante la lucha míster  Haredale agarra el cordon de la campanilla de alarma a su alcance, pero solo logra llamar una o dos veces antes de que el rufian la corte de una cuchillada, perpetre su acción y, apoderándose del dinero, abandone la estancia. En su fuga, sin embargo, se ve sorprendido por jardinero, cuyo pálido rostro evidencia la sospecha de lo que acaba de ocurrir. El asesino se ve obligado a matar al criado. Una vez raliza esta acción se le ocurre culpar al cadaver de su doble crimen. Para ello viste al jardinero con sus mismas ropas, le pone su anillo en el dedo, su reloj en el bolsillo, y luego de arrastrarlo hasta el estanque lo arroja en él. Vuelve entonces a la casa, y después de confesárselo todo a su mujer le pide que le acompañe en su fuga. El pánico paraliza a la mujer, que cae al suelo. Rudge intenta levantarla, y ella, al agarrarle por la muñeca, “se mancha de sangre la mano”. La mujer renuncia al él para siempre, pero promete no revelar el crimen solo, Rudge huye de la ciudad. A la mañana siguiente, cuando se halla el cadáver de mister Haredale y se comprueba que el jardinero y el mayordomo han desaparecido, las sospechas recaen sobre ambos. La señora Rudge deja The Warren y se retira a una pequeña habitación de Londres (donde vive de una anualidad que le ha dejado Haredale), en la cual, un día después del asesinato, da a luz un hijo, Barnaby Rudge, quien demuestra ser un idiota; muestra una mancha roja en su muñeca y experimenta un horro maníaco a la sangre.

 

    Unos meses más tarde del asesinato se descubre lo que parece ser el cadaver de Rudge, y la atrcidad se atribuye al jardinero. Sin embargo, no por todos, pues cuando Geoffrey Haredale entra en posesión del dominio no faltan sospechas (fomentadas por Chester)  de su propia participación en el hecho. Esta mancha de sospecha, actuando sobre su melancholia hereditaria, junto con el natural horror por la atrocidad misma, amargan la vida de Haredale. Se recluye en The Warren  y su carácter adquiere una amargura monomaníaca que solo alivia el amor que siente por su Hermosa sobrina.

 

    Pasa el tiempo: veintidós años en total. La sobrina se ha convertido en mujer y ama al joven Chester sin que lo sepan ni su tío ni el padre de éste. Hugh se ha convertido en un hombre forzudo -el tipo del muchacho animal, como su padre lo es del ultra-civilizado-. Rudge, el asesino, vuelve impulsado a la ruina por el destino. Aparece en el Maypole e investiga clandestinamente sobre los acontecimientos que han ocurrido en Warren durante su ausencia. Sigue a Londres, descubr el alojamiento de su mujer, la amenaza con inducir al vicio a su hijo idiota y le arrebata la anualidad de la pensión de Haredale. Rebelándose contra tal abuso, la viuda vuelve con Barnaby a The Warren, renuncia a la anuaidad, y sin dar razones de su conducta anuncia si  intención de dejar Londres para siempre y de retirarse en algún obscuro rincón -pidiendo a Haredale que no haga ningún intento para descubrirlo-. Cuando al día siguiente este último la busca en Londres, ya se ha marchado y no se tienen noticias de ella ni de Barnaby hasta pasados los cinco años, tiempo que nos trae los celebrados "motines no papistas" de Lord George Gordon.

 

    Entre tanto, e inmediatamente después de la reaparición de Rudge, Haredale y Chester, ambos deseosos de impedir la unión de Edward y Emma han llegado a un pacto, resultado del cual, por una villanía de Chester permitida por Heredale, se produce un malentendido entre los enamorados que acaba separándolos. Por otro lado, Joe, el hijo del posadero, después de experimentar los coqueteos de Dolly Varden (la preciosa hija de un tal Gabriel Varden, cerrajero de Clen Kennel, Londres), y sufrir malos tratos en su casa, se alista en el ejército de su majestad y es enviado al otro lado del Atlántico, a América, no regresando sino a la terminación de los motines. Precisamente poco antes del comienzo de éstos, merodeando a medianoche cerca de la escena del crimen, Rudge se encuentra con un individuo que lo había conocido cuando vivía en The Warren. Este individuo queda aterrorizado frente a lo que él supone el espectro del asesinado Rudge, y relata su aventura a sus caramadas los parroquianos de The Maypole. John Willet la pone en antecedentes de míster Haredale. Al relacionar esta aparición con la extraña conducta de la señora Rudge, este caballero, de pronto, concibe la sospecha de lo que en realidad ha sucedido. Esta sospecha (sin mencionar a nadie), por otro lado, se ve firmemente confirmada por algo que le sucede a Varden el cerrajero, quien al visitar a la señora Rudge una noche la encuentra hablando de un modo en apariencia confidencial con un rufián que conoce de vista, aunque no puede precisar el nombre. Cuando Varden intenta prender al rufián, la señora Rudge se lo impide, y cuando luego Haredale le pregunta detalles sobre la apariencia personal del hombre, llega a la conclusión de que se trata de Rudge. Nosotros ya hemos demostrado que el rufián lo es en efecto. Actuando de acuerdo con las sospechas, haredale vigila de noche, completamente solo, la casa desierta que anteriormente ocupaba la señora Rudge, con la esperanza de dar con el asesino, pero estos y otros esfuerzos para deternerlo resultan inútiles.

 

    Al cabo de cinco años la señora Rudge, que había vivido sin inquietudes en su retiro, se ve sorprendida por un mensaje de su marido en el que le exige dinero. El hombre ha descubierto su morada de casualidad. La mujer le da todo lo que posee en ese momento, y después de eludirle como puede se marcha con Barnaby a internarse en el populoso Londres, en tanto puede hallar otro lugar en alguna región más distante de Inglaterra. Pero en este momento comienzan los motines. Elidiota es engañado para unirse a la multitud y se separa de su madre (quien, enferma de sufrimiento, es llevada a un hospital) hasta encontrarse con su antiguo camarada de juegos Hugh, conviertiéndose ambos en cabecillas de la rebelión.

 

    Los motines continúan. En ellos desempeña un papel importante un tal Simón Tappertit, fantástico y orgulloso aprendiz del cerrajero Varden y enemigo jurado de Joe Willet, en el  que encuentra un rival del cariño que siente por Dolly. Un verdugo llamado Denis está también muy metido entre la chusma. En la escena figuran Lord George Gordon y su secretaría Gashford, con John Grueby, su criado. El viejo Chester, que en los cinco últimos años se ha convertido en sir John, instiga a Gashford, que fue insultado personalmente por Haredale (católico y consecuentemente expuesto a la chusma), para incendiar Tha Warren y raptar a Emma durante la confusión resultante. La mansión es pasto de las llamas (Hugh, que también se cree ofendido por Haredale, es el primer actor de la atroz escena) y miss Haredale huye en compañía de Dolly, que ha vivido durante mucho tiempo con ella y a quien Tappertit secuestra por su cuenta. Rudge advierte que Haredale, desde hace algún tiempo, viene vigilando durante la noche su antigua casa. Aguijoneado por el temor a la soledad y pensando que la única forma de salvarse reside en unirse a  los alborotadores, se apresura sobre sus propias huellas hacia la condenada Warren. Cuando llega, demasiado tarde, la muchedumbre ya ha desaparecido. Acechando por entre las ruinas es descubierto por Haredale, quien al fin le captura, sin que éste ofrezca la menor resistencia, en la misma habitación en que cometió el asesinato. Es conducido a la prisión, donde encuentra y reconoce a Barnaby, que ha sido capturado por alborotador. La multitud asalta e incendia la cárcel. El padre y el hijo escapan. Traicionados por Dennis, ambos son capturados de nuevo y Hugh comparte su suerte. En Newgate, Dennis, por simple casualidad, descubre el parentesco de Hugh, y aunque intenta llamar la atención de Chester sobre la conducta de su hijo, todo es en vano. Finalmente, Varden consigue el perdón de Barnaby, pero Hugh, Rudge y Dennis son ahorcados.En el último minuto regresa Dennis del frente con un solo brazo. Junto con Edward Chester, lleva a cabo prodigiosas hazañas de valor (durante los últimos disturbios) a favor de la causa del Gobierno. Luego, con Haredale y Varden, rescatan a Emma y a Dolly. Tiene lugar un doble matrimonio, pues Dolly se ha arrepentido de su fatuidad y los prejuicios de Haredale han pasado. Después de matar a Chester en un duelo abandona Inglaterra para siempre y acaba sus días recluido en un convento italiano. De este modo, después de una breve relación referente a los personajes secundarios, acaba el drama de Barnaby Rudge.

 

    Como se puede suponer, sólo hemos trazado un perfil muy tenue de la trama de la historia, procediendo en el orden natural de  los sucesos. Es decir, nos hemos limitado a relatar los acontecimientos lo más exactamente y en el orden que debió tener lugar cada cual. Pero este orden no habría satisfecho la voluntad del novelista, cuya intención era la de mantener el secreto del asesino, rodeando a Rudge y a las acciones de su mujer del debido misterio hasta el día de la catástrofe, en que Haredale acabaría por descubrirlo todo. La tesis de la novela puede considerarse acrecentada por la curiosidad. Cada párrafo está trazado como para sorprender al lector y estimular su deseo de elucidación; por ejemplo, la primera aparición de Rudge en Maypole; sus preguntas; la persecución tras su mujer; el fantasma visto frecuentando en Maypole, y, como consecuencia, la impresionante conducta de Haredale. De lo que dijimos al principio de nuestro resumen sobre el cambio de traje del jardinero se oculta cuidadosamente al lector hasta la confesión del propio Rudge en la cárcel. Decimos cuidadosamente, pues la intención, una vez conocida, se puede advertir en cada página. Existe un ejemplo divertido y excesivamente ingenioso en la página 145, en la cual Salomón Daisy describe su aventura con el fantasma:

"-¡Era un fantasma! ¡Un espíritu! -gritó Daisy.

-¿De quién? -preguntaron los tres a un tiempo. En el límite de su emoción (pues había caído hacia atrás temblando en su silla y balanceando la mano como para suplicar que no le preguntaran nada más), su respuesta dejó a todos perplejos, excepto al viejo John Willet, que estaba sentado a su lado.

-¿Quién? -gritaron Parker y Tom Cobb -. ¿Qué ocurrió?

-Caballeros -dijo míster Willet después de un gran intervalo-, ustedes no necesitan contestación. El parecido del hombre asesinado... Es el diecinueve de marzo.

Siguió un profundo silencio."

   

     De aquí se deduce claramente la idea de que el fantasma que se vio era el de Reuben Haredale; un lector no muy rápido de reflejos en seguida descubrirá el verdadero estado del caso (que el asesino es Rudge y que está vivo).

   

    Ahora bien: no cabe ninguna duda de que ,e esta forma, muchos puntos comparablemente insípidos en la secuencia natural de nuestro resumen habrían seguido siéndolo, incluso en el caso de que hubiéramos dado toda suerte de detalles, de no haberlos vestido con el interés del misterio. Pero no se puede negar que un gran número de puntos son al mismo tiempo privados de todo efecto y llegan a ser nulos por la imposibilidad de comprenderlos sin el auxilio de una clave. El autor, que conoce su plan, escribe continuamente con ese conocimiento siempre presente, y por lo tanto escribe para sí mismo; pero no advierte, a pesar de sí mismo, que mucho de lo que resulta efectivo para su inteligencia debe dejar de serlo necesariamente para sus lectores, desprovistos de dicha información; el escritor nunca está en condiciones de considerar su propia obra, de ponerla a prueba. Pero el lector fácilmente se puede fiar de la validez de nuestra objeción. Permítaseme releer Barnaby Rudge; y con la pre-comprensión del misterio, los puntos de que hablamos brillan en todas direcciones como estrellas y prestarán cuádruple resplandor sobre la narración (una claridad que un gusto comedido inmediatamente lo tachará de sacrificio improductivo en el relicario del interés más agudo del simple misterio).

 

    La intención de conservar el misterio, una vez determinado, es obvia; en primer lugar, es preciso que no se emplee ningún medio indebido o poco artístico para ocultar el secreto de la trama; y en segundo lugar, que el secreto se conserve bien. Ahora bien: cuando en la página 16 leíamos que se encontró el cuerpo del pobre míster Rudge, el mayordomo, meses después del crimen, vemos que míster Dickens no ha sido culpable de ningún delito contra el arte al afirmar que no fue la realidad, puesto que la falsedad se expresa en los labio de Salomón Daisy y se ofrece simplemente como la impresión de este personaje y del público. El escrito no se ha involucrado a sí mismo en dicha afirmación, sino que con ingenio transmite una idea (falsa en ella misma y no muy necesaria para el efecto del cuento) valiéndose de uno de sus personales. Sin embargo, el caso es diferente cuando repetidamente se denomina viuda a la señora Rudge. En este caso es el autor quien la llama de ese modo. Esto es falso y poco artístico, pero no obstante, resulta casual. Simplemente nos referimos al argumento a modo de ilustrar nuestro punto de vista, así como a señalar un descuido por parte de míster Dickens.

 

    Evidentemente, es necesario guardar el secreto. Un fracaso, para preservarlo hasta el momento mismo del denouement, haría todo confuso en relación con el efecto buscado. Si el misterio trasciende contra la voluntad del autor, sus propósitos de pronto se convierten en trozos sobrantes, pues él se basa en la suposición de que ciertas impresiones hacen existir lo que no existen en la mente de los lectores. En realidad no estamos preparados para asegurar, con toda la firmeza que hubiéramos deseado, que todo el misterio del asesinato cometido por Rudge con la identidad del rufián de Maypole ha sido adivinado por el público en general en algún previo al previsto; y de ser así, si fue tan anticipado como para interferir el interés previsto; pero nos vemos obligados, debido a nuestra modestia, a suponer que así ocurre, pues por lo que respecta a nosotros descubrimos el secreto claramente después de leer la parte referente a Salomón Daisy, que figura en la página 7 de este volumen que tiene trescientas veintitrés. En el número de Philadelphia Saturday Evening Post, durante su primera publicación en 1841, se halló una nota de cierta longitud en la cual decíamos lo siguiente:

 

    "A nuestros lectores no les parecerá evidente que Barbaby sea hijo del asesino, pero lo explicaremos. La persona asesinada es míster Reuben Haredale. Fue hallado asesinado en su dormitorio. Su mayordomo (míster Rudge, padre) y su jardinero (nombre que no se menciona) han desaparecido. Al principio se sospecha de ambos. Algunos meses después -aquí insertamos las palabras de la narración- el cuerpo del mayordomo apenas se habría reconocido si no hubiera sido por las ropas, el reloj y el anillo que llevaba- fue hallado en el fondo de un estanque con una profunda  herida en el pecho, por donde había sido apuñalado-. Sólo estaba parcialmente vestido y toda la gente se mostró conforme en afirmar que él había estado leyendo en su habitación, donde habían aparecido muchas huellas de sangre, y que fue asesinado allí, antes que su amo.

 

    Ahora bien: se observa que no es el mismo autor quien declara haber encontrado el cuerpo del mayordomo; e ha limitado a poner las palabras en boca de uno de los personajes. Su intención es hacer aparecer en el denouement que el mayordomo Rudge asesinó primero al jardinero, luego fue a la habitación de su amo, al que asesino también, siendo interrumpido entonces por su mujer, a quien agarra y sostiene por la muñeca con objeto de impedirle que dé la alarma. Luego, ya en su posesión el botín deseado, volvió al cuarto del jardinero, le cambió las ropas, le puso su reloj y el anillo y lo arrojó al lugar donde fue encontrado demasiado tarde para ser identificado.

 

    Las diferencias entre nuestras conjeturas y los hechos reales de la historia son, como se ve, de importancia. El jardinero no fue asesinado antes, sino después de su amo; y en cuanto a que la mujer de Rudge lo aferrara por la muñeca en vez de él a ella, tiene demasiado aire de una equivocación por parte de míster Dickens, que apenas si podemos referirnos a nuestra propia versión como errónea. La presión de la mano ensangretada del asesino sobre la mujer encienta hubiera sido más capaz de producir el efecto descrito en la novela (y en esto estarán todos de acuerdo) que la presión de la mano de la mujer sobre la muñeca del asesino. Por lo tanto podemos afirmar, por nuestra parte, lo que Talleyrand del mal francés de un hombre de los suburbios: que s'il ne soit pas francais, assurément donc il le doit etre, o, lo que es igual, a decir que aunque no profetizáramos correctamente, al menos nuestras profecía debería haber sido exacta.

 

    En el prefacio de Barnaby Rudge se nos informa que como no se ha hecho alusión en ninguna obra de ficción a los motines de Gordon y el tema presenta características tan extraordinarias como notables, el autor "se vio movido a proyectar este relato".

 

    De no ser por esta clara nota (pues míster Dickens no puede haberse engañado a sí mismo) supondríamos que los motines fueron incorporados a la obra con posterioridad. Es evidente que no precisan una conexión necesaria con la trama. En nuestro resumen, que incluye cuidadosamente todo lo esencial de la obra, hemos tratado en un párrafo todos los hechos de la multitud. La esencia del drama hubiera permanecido invariable con ellos como sin ellos. Incluso éstos dan la apariencia de haber sido introducidos forzosamente. En el compendio anterior se verá que muchas veces hicimos varias alusiones a un intervalo de cinco años. La acción se desarrolla hasta un cierto punto. Hasta dicho punto la serie de acontecimientos no se había interrumpido -ni en apariencia había necesidad de interrupción-, y sin embargo todos los personajes son ahora proyectados hasta pasado un período de cinco años. ¿Por qué? Pregunta inútil. No puede ser con el fin de que los enamorados alcancen una madurez más decorosa -pues ésta es la única idea que sugiere por sí misma-. Edward Chester tiene ya veintiocho años, y Emma pasaría, al menos en América, por una solterona. No; esa razón no existe; ni parece que pueda haber otra más plausible, como no sea que estamos en el años de nuestro Señor 1775 y una ventaja de cinco años llevará a los dramatis personae a un período de tiempo muy notable, que ofrece una admirable oportunidad para su lucimiento -en suma, el tiempo de los motines contra los "no papistas"-. Esta fue la idea que nos hizo concebir la lectura de la obra, y nada, excepto la afirmación explícita de lo contrario formulada por míster Dickens, nos hubiera bastado para borrarlo.

 

    Tal vez entre el millar de desventajas que tanto para el autor como para el público presenta la absurda costumbre que se sigue actualmente de novelas por entregas, es la de que nuestro autor no ha considerado o determinado suficientemente los detalles particulares del argumento cuando empezó el relato que revisamos. En realidad vemos, o nos parece ver, numerosas huellas de indecisión -huellas que un diestro trabajo de corrección final le hubiera permitido eliminar-. Ya nos hemos referido a la intermisión de un lustro. La forma de hablar del viejo Chester al principio es demasiado caballeresca para su forma de ser en realidad. La esposa de Varden también es una arpía demasiado consumada para convertirse en una tranquila esposa; el propósito original debió ser que fuera castigada. En la página 16, donde Salomón Daisy está contando su historia, leemos así:

    "Puse la mejor cara que me fue posible, y después de embozarme salí con la linterna en una mano y la llave de la iglesia en la otra. En ese momento del relato el vestido del desconocido crujió tal como si él se hubiera vuelto para escuchar mejor."

    La intención aquí es atraer la atención del lector sobre una parte de la narración; pero no se hace ninguna explicación subsecuente. Unas cuantas líneas más abajo:

    "Todas las casas estaban cerradas a la gente dentro, y tal vez sólo un hombre en el mundo sabía lo lúgubre que en realidad era." La intención aquí es más evidente todavía, pero sin resultado. En la página 54 el idiota lleva a míster Chester hasta la ventana para mostrarle las ropas que cuelgan en las cuerdas del patio:

    "Mire allá abajo -dijo suavemente-. ¿Nota cómo se silban cosas al oído, cómo danzan y saltan para hacer creer que están jugando? ¿Ve cómo se detienen por un momento cuando piensan que nadie las está mirando, y murmuran entre ellas de nuevo? ¿Y cómo se enrollan y retozan encantadas con el mal que están fraguando? ¡Mírelas ahora! ¡Vea cómo dan vueltas y se sumergen! Y Ahora de nuevo se quedan quietas y se susurran cosas cautamente sin pensar. ¡Fíjese lo cerca que me quedo de ellas y las vigilo! Me pregunto qué estarán tramando. ¿Lo sabe usted?"

 

    Al leer estos desvaríos, inmediatamente suponesmos que hacen alusión a una conspiración real; e incluso ahora no podemos convencernos de que no fuera ése el efecto buscado por el autor. Tales palabras sugieren la idea de que el mismo Haredale estaría implicado en el asesinato y que los conciliábulos a que se alude serían los de dicho caballero y Rudge. No es imposible que por la mente del autor haya pasado una concepción semejante. En la página 32 tenemos una confirmación de nuestra idea, cuando Varden intenta arrastrar al asesino en la casa de su esposa:

    "-¡Vuelva! ¡Vuelva usted! -exclamó la mujer luchando y agarrándose a Varden -, ¡No lo mate! ¡Lleva otras vidas consigo!"

 

    Al comenzar el relato se subraya mucho la paciencia de las dos mujeres sirvientas de Haredale, sus idas y venidas a Londres, lo mismo que la de su esposa. En nuestro resumen nos hemos limitado a decir que Haredale era viudo, escribiendo la palabra en bastardilla. Todos esos puntos, en realidad, resultan interrogantes en la suposición de que el proyecto original haya sufrido modificaciones.

 

    Lo mismo sucede en la página 57, cuando Haredale  habla de su desmantelado y empobrecido hogar. No podemos dejar de imaginar que el autor tenía el propósito de que Chester perpetrara alguna mala acción o serie de malas acciones distintas de las que aparecen al final. Además, este caballero se esfuerza  mucho y frecuentemente en adquirir dominio sobre el áspero Hugh; al insistir en este punto el autor tan minuciosamente, esperamos algún resultado importante, pero todo lo que sucede es el robo de una carta. Que el deleite de Barnaby ante las desesperadas escenas de la rebelión son inconsistentes con su horror a la sangre es cosa que sorprenderá a todo lector, y esta inconsistencia parece ser la consecuencia del cambio de intención que ya he mencionado. En realidad, el título del libro, la elaboración y la señalada trama del comienzo, la impresionante descripción de The Warren y especialmente de la señora Rudge, contribuye mucho a demostrar que míster Disckens, en realidad, se ha engañado a sí mismo. Lo que se concibió en un principio fue el asesinato de Haredale, con el descubrimiento consiguiente del asesino en la persona de Rudge; pero después se abandonó tal idea, o más bien sufrió al ser zambullida en los motines de los papas. La consecuencia fue muy desfavorable. Lo que por sí mismo hubiera resultado altamente efectivo, resultó casi nulo debido a su situación. En medio de la atrocidad de la multitud y el horror de la rebelión, la atrocidad del elato queda completamente ahogada, diminuida. Las razones de esta reflexión desde el primer propósito nos parece evidente por sí misma.

 

    Una de ellas ya la hemos mencionado. La otra es cuando nuestro autor nos descubre, demasiado tarde, lo que él había anticipado, quedando así su efecto principal falto de todo valor. Esto se comprende rápidamente. Al comienzo se niegan los detalles del asesinato y la fuerza del narrador se antepone al lector con objeto de despertar la curiosidad acerca de esos detalles: hasta ese momento el autor sigue el camino adecuado para obtener su propósito principal. Pero de esa intención, inconscientemente, pasa al error de la exagerada anticipación, y aunque sea un error, se trata de un error forjado con consumada habilidad. ¿Qué otra cosa, por ejemplo, podría realzar más vivamente el impresionante horror que actúa sobre todo, que la profunda y duradera tristeza de Haredale, que el terror innato del idiota por la sangre, o en especial el aspecto de la expresión tan imaginativa atribuida a la señora Rudge? Pero la capacidad para expresar terror, aunque sólo se vea débilmente, no está ausente ni por un momento. ¿Por qué sólo no se puede conseguir la sombra de lo que parece un instante del más intenso e inenarrable horror? No obstante, es una condición de la imaginación que las promesas de tales palabras son irremediables. En la nota antes mencionada hemos hablado de ese asunto:

 

    Se trata de un conocimiento admirablemente adaptado para despertar la curiosidad en cuanto al carácter del acontecimiento que se insinúa, formando la base de la narración. Pero no pueden dejar de hacerse las observaciones de que: la anticipación debe sobrepasar a la realidad; que ningún argumento, por muy terroríficas que sean las circunstancias de si desenlace, ocasionaría la expresión cansada del semblante habitual de la señora Rudge, y, con todo, no satisfarán la inteligencia del lector. La diestra insinuación de horror que ofrece el artista produce un efecto que le privará de toda conclusión. Estos informes -estas oscuras indirectas de algún mal incierto- son con frecuencia elogiados como efectivos, pero precisamente sólo son elogiados de ese modo donde no hay desenlace alguno- dondese abandona la imaginación del lector para aclarar el misterio por sí misma-, y esto no es la intención de míster Dickens.

 

    Y en realidad nuestro autor no tardó mucho tiempo en darse cuenta de su precipitación. El solo se había colocado en un dilema del que incluso su elevado genio no le libraría. Entonces, inmediatamente, tergiversa el interés principal; en realidad no vemos qué otra cosa podía haber hecho. La atención del lector queda absorbida en los motines y deja de reparar en lo que de otro modo hubiera sido la verdadera catástrofe de la novela, es decir, su trama excesivamente débil e ineficaz.

 

    Algunas observaciones de paso: míster Dickens fracasa de modo peculiar en la narración pura. Véase, por ejemplo, la página 296, donde Varden explica el encuentro entre Hugh y Chester. Véase también en The Old Curiosity Shop ("La vieja tienda de curiosidades"), donde se emplean tantas palabras tratando de explicar el parentesco entre los dos hermanos, cuando el resultado es ya bien conocido. El efecto de la presente narración podía haber sido aumentado de modo creciente confinando la trama dentro de los límites de Londres. Notre-Dame, de Victor Hugo, nos ofrece un hermoso ejemplo de la fuerza que se puede alcanzar mediante la concentración, o lo que es lo mismo: unidad de lugar. Por otro lado, y sin propósito alguno, en Barnaby Rudge se ha descuidado de modo lamentable la unidad de tiempo. El hecho de que Rudge sea capaz de sentir durante tanto tiempo y de modo tan profundo el aguijón de la conciencia es algo que no está de acuerdo con su brutalidad. En la página 15, el período de tiempo que transcurre entre el asesinato y la vuelta de Rudge se fija en distintos momentos en veintidós y veinticuatro años. El lector se preguntará por qué los criados de The Warren dejaron de oír la campana de alarma que oyó Salomón Daisy. La idea de persecución tras las huellas por los sabuesos, de un sitio a otro, es tema favorito de míster Dickens. Su efecto no se puede negar. La mancha sobre la muñeca de Barbaby, causada por el terror de la madre, que se encontraba en un período tan avanzado de gestación como el día antes del parto, es algo que escandaliza a toda la experiencia médica. Cuando Rudge escapa de la prisión, sin grilletes y con dinero bastante, se desespera porque su esposa se niega a incurrir en perjurio para su salvación. ¿No es raro que no se le ocurra otro medio para salvarse?

 

    Algunas conclusiones de capítulos .ver páginas 50 y 100- parecen haberse escrito con el único propósito de permitir las consiguientes ilustraciones. La idiosincrasia característica de míster Dickens es su notable sentido del humor. Se ve en su manera de traducir el lenguaje de los gestos, las acciones o el tono. Por ejemplo:

    "Los amigos se saludan y míster Parker observó en un tono suave, agitando al mismo tiempo la cabeza como quien dice <<Que ningún hombre me contradiga, pues no le creeré eso de que Willet encontró un cuerpo esta noche.>>"

 

    Los motines forman una serie de vividas imágenes nunca sobrepasadas. En la página 17, la carretera entre Londres y The Maypole aparece descrita como terriblemente irregular y peligrosa, mientras que en la página 97, como si fuera llana y conveniente. En la página 116, ¿cómo llega Chester a posesionarse de la llave de la casa vacía de la señora Rudge?

 

    El inglés de míster Dickens es habitualmente puro. Su error más notable consiste en emplear el adverbio directly en el sentido de as soon as (directamente en el sentido de "tan pronto como"). Por ejemplo: Directly he arrived, Rudge Said, etc. Bulwer es igualmente culpable del mismo error.

 

    Resulta curioso que un estilista tan original como nuestro autor incurra ocasionalmente en una gruesa imitación de lo que ya en sí lo es. Nos referimos al estilo de Lamb -estilo basado en la construcción latina-. Por ejemplo:

    In summer time its pumps suggest to thirsty idlers springs cooler and more sparkling and deeper than other wells; and as they trace the spilling of full pitchers on the heated ground they snuff the freshness, and, sighinh, cast sad look towards the Thames, and think of bath and boats, and saunter on, despondent. ("En el verano, sus bombas sugieren a los sedientos caminantes fuentes más frías, más espumosas y más profundas; y como ellos caminan sobre el agua derramada de los cántaros rebosantes en el recalentado suelo, husmena la frescura, y suspirando miran hacia el Támesis, y piensan en baños y botes y siguen adelante con desesperación.")

 

    Los dibujos grabados en madera que acompañan a la edición que tenemos ante nosotros son buenos de vez en cuando. Los grabados en cobre son de lastimosa concepción y ejecución, y no sólo esto, sino que se hallan en clara contradicción con los grabados en madera y con el texto mismo.

 

    En la narración se han introducido muchas coincidencias, como, por ejemplo, las que se refieren al 19 de marzo; el sueño de Barnaby respecto a su padre, en la misma ocasión que su padre se halla realmente en la casa; y el sueño de Haredale antes de su encuentro final con Chester. Estas cosas tienen por fin insinuar una fatalidad ue no se llega a expresar en términos precisos (pero es dado preguntar si la narración gana más en idealidad con su introducción de lo que podía haber ganado en verosimilitud con su omisión).

 

    Los dramatis personae confirman la alta fama de míster Dickens como delineador de caracteres. Miggs, la desconsolada asistenta de Varden; Tappertit, su caballeresco aprendiz; la misma señora Varden y Dennis el verdugo, se pueden considerar como caricaturas originales, y, como tales, del más alto mérito. Sus rasgos se basan en una aguda observación de la naturaleza, pero se han exagerado hasta el límite admisible. Miss Haredale y Edward Chester son vulgares -no se ha hecho el menor esfuerzo en su favor-. Joe Willet es un retrato sencillo del joven del campo. Stagg es un simple contrapeso. Gashford y Goordon han sido reproducidos fielmente. Dolly Varden es la verdad misma. Haredale, Rudge y la señora Rudge sólo impresionan por las circunstancias que les rodean. Sir John Chester, sin duda alguna, no es original, pero significa una gran ventaja sobre sus predecesores -su inhumanidad supone algo demasiado divertido, y su fin como hombre de honor, decididamente impropio-. Hugh está concebido noblemente; el fiero orgullo de su fuerza bruta, su sometimiento al pulido Chester, su alegre desprecio, su patronaje de Tappertit y su corazón brutal pero firme a la hora de la muerte, forman un retrato digno de alabanza. El viejo Willet no ha sido sobrepasado por ningún autor, incluyendo al propio Dickens. Es la naturalidad misma, y, sin embargo, un paso más lo habría situado entre las caricaturas. Su combinación de orgullo y torpeza resulta indescriptiblemente cómica, y si a ello se une su peculiar energía, que siempre se despierta a deshora, tendremos uno de los rasgos más exquisitos de toda la pintura humorística. Nunca podremos olvidar lo sinceramente que reíamos cuando sacude a Salomón Daisy y lo amenaza con  arrojarlo al fuego porque el desafortunado hombrecillo estaba demasiado asustado para articular palabra. Varden es uno de esos individuos independientes, honrados y joviales, que resulta caritativo con todo el mundo y que tanto le gusta pintar a nuestro autor. Finalmente, en cuanto a Barnaby, el héroe de la narración, hemos dicho que su deleite en las atrocidades de los motines se opone a su horror por la sangre, pero este horror es inconsecuente, y de eso nos quejamos. Después de tanto insistir sobre ello al principio del relato, las consecuencas no son adecuadas, y he aquí la gran oportunidad que ha perdido nuestro míster Dickens. La convicción del asesino después de un lapso de veintidós años podría haberse logrado fácilmente por medio del misterioso horror a la sangre de su hijo -terror creado en el nacimiento por el mismo asesino-, y ésta podría haber sido una de las más posibles incorporaciones de la idea que se acostumbra identificar con la "justicia poética". También el Cuervo, tan divertido como resulta, podría haberse usado con más frecuencia como parte de la concepción del fantástico Barnaby. Sus graznidos podían haber sido escuchados proféticamente en el curso del drama. Su carácter, en cuento al del idiota, podía haber significado mucho de lo que en la música representa el acompañamiento respecto a la melodía. Ambos se habrían distinguido, y sin embargo, de haber habido entre ellos una semejanza analógica, y aunque ambos hubieran existido aparte, habrían formado un todo que habría resultado imperfecto de faltar uno de ellos.

 

    De lo que hemos dicho hasta ahora, y tal vez sin la debida deliberación (pues, ¡ay!, los precipitados deberes del periodista lo impiden), no faltarán quienes nos acusen de un los propósito para detractar la limpia fama del novelista. Pero a tales personas simplemente les diremos en el lenguaje de la heráldica: "Deberíais llevar un sencillo rasgo sanguíneo en vuestras armas". Si esto se comprende, bien; si no, mucho mejor. No hay hombre viviente que reverencie más profundamente al genio que nosotros. Anteriormente hemos expuesto la razón de no demorarnos de modo especial en los altos méritos como en los triviales defectos de Barnaby Rudge; y tales razones han de ser entendidas muy bien por todo el que quiera entenderlas. La obra que tenemos antes nosotros no la creo comparable a la que la precedió, pero hay muy pocas que la superen. Tal vez nuestra objeción principal no ha sido manifestada con la claridad que hubiéramos deseado. Creemos que si esta obra de ficción, o de hecho cualquier obra de ficción escrita por míster Dickens, se basa en la excitación y en mantener la curiosidad, es debido a una mala interpretación, por parte del escritor, de sus grandes y con todo peculiares posibilidades. Indudablemente ha realizado un buen trabajo -haría bien cualquier cosa si se le compara con el resto de sus contemporáneos-, pero posiblemente no ha hecho todo lo que su elevada y justa reputación le exige. Suponemos que este libro ha significado para él un gran esfuerzo -únicamente debido a la naturaleza de su designio-. Se ha dejado arrastrar por el deseo de marcar un nuevo camino en la novela. La idiosincrasia de su intelecto había de llevarle, naturalmente, a un estilo narrativo más fluido y sencillo. En cuentos de extensión ordinarios puede reinar, y reinará triunfante. Tiene un talento para todo, pero carece de genio para la adaptación, y todavía menos para ese arte metafísico donde yace el alma de todos los misterios. Caleb Williams es una obra mucho menos noble que The Old Curiosity Shop, pero así como míster Dickens no hubiera podido crear la primera, míster Goodwin no habría soñado esta otra.

 

FIN DE

"CHARLES DICKENS"